Y LA VI LLORAR

                                           Y LA VI LLORAR

Iba unos pasos por detrás,/

y la vi llorar./

Un llanto silencioso que rompía las piedras al pasar,/

un llanto amargo que no podía ni quería evitar,/

pues veía a su Hijo ultrajar,/

con esa cruz sin poder avanzar./

Y en medio de tanto penar,/

escuchas a tu Hijo a las mujeres consolar,/

y tu alma se estremeció mirando hacia delante y también hacia los demás./

Madre del Consuelo, cuyas 7 espadas clavadas en Ti están./

Una por cada latigazo, insulto, violencia y maldad,/

por la impotencia de no poder actuar./

Pero esa lágrima, Madre, que surca la tierra, el cielo y el mar,/

esa lágrima grabada en mi ser está./

Madre de la Esperanza que mantienes la Fe que va más allá,/

más allá de lo que vives, más allá de tu tremenda soledad,/

más allá de tal aberrante crueldad./

¿Quién sostiene tus pasos, Madre de la Vida, del Camino y la Verdad?./

¿Quién sostiene tu Vida, Madre de la Caridad?./

¡ Cuántas cosas que guardabas en tu corazón y en tu mente en este instante aparecen para quedarse ya!./

Cosas que ahora entiendes y te ayudan en tu Fe a profundizar,/

y a caminar en medio de la dureza y de los gritos que claman la maldad./

Madre, hoy, te he visto llorar,/

y, en medio de tanto dolor luchar,/

una lucha que te ayuda a avanzar./

Hoy te he visto levantada como quien ha tejido y bordado su manto y su pilar,/

un manto bordado con la dulzura, la ternura, la justicia, el perdón y la bondad,/

un vestido radiante e iluminado por el consuelo, y la ayuda ofrecida con tus manos

extendidas animando a levantar,/

un semblante de esperanza en medio de tanta injusticia, sufrimiento y soledad./

Madre que nos enseñas a Amar,/

y nos enseñas a tantas cosas relativizar,/

nos enseñas a unir nuestras vidas con los gestos de la fraternidad./

Madre, que hoy te he visto llorar,/ mantén del mundo la Esperanza y también la Paz,/ pues sabes que la violencia siempre genera el mal./

Madre, quizás he sido muy atrevida al poderte suplicar,/

pero nadie como Tú nos podría enseñar./

Enseñar que la venganza, el odio y el rencor destruyen lo más sagrado que la vida nos da./

Madre, que tu Hijo en tus brazos puede reposar,/

brazos de acogida, de dolor y de penar,/

manos agarrotadas por el dolor, convertidas para Él en pura suavidad./

Enséñanos, Madre, a nunca devolver mal por mal,/

sino a recordar en esos momentos tus lágrimas y tu bondad,/

a recordar cómo abrazaste el cuerpo de tu Hijo cuando ya no pudo hablar,/

porque en ese instante, Señora, tú también perdonaste a los que hicieron el mal./

Porque en ese abrazo reconciliaste a toda la humanidad./

Tú, Madre, nos enseñas que no hay perdón que no cure las raíces de cualquier tipo de crueldad./

Hoy, mi querida Madre, yo te he visto llorar,/

y quiero estar a tu lado por si un poquito te pudiera consolar./

Madre de la Esperanza, Reina y Señora de la Caridad./

Amén.

Madrid 30 – 3 – 18

Sor María Elena Hernández  González.

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